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El aire fresco acariciaba su cara mientras aceleraba el paso para llegar a su destino antes que comience a llover. El vigilante del edificio giro la cabeza para seguir sus pasos en el hall de entrada. El impacto de los tacones de sus botas marrones sobre el mármol producía un ruido seco mientras su falda larga volaba a su alrededor. Su larga melena recogida en coleta marcaba el ritmo de su andar mientras su chaqueta escondía las formas de su cuerpo. El palacete estaba ubicado muy cerca de la plaza San Marco, con vista al gran canal y a la academia. Preveían lluvia y estaban colocando las tablas de madera en las calles principales. A pesar del mal tiempo se podía ver parejas de turistas en las góndolas. En esta un grupito de japoneses, en la otra un hombre bien maduro acariciando la pierna de una rubia muy guapa unos 30 años mas joven que el, en la de detrás una pareja de enamorados acompañada de un violinista tocando una melodía, y así eternamente, un baile de personas dispares disfrutando del romanticismo de los estrechos canales.
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La motora me dejo a la entrada trasera del edificio, unas tablas de madera dudosas separaban el barco de la puerta y no tarde en meterme al calor del vestíbulo. Me recibió una azafata muy amable. Me pregunto en un perfecto español si quería que me subiese un café en la sala de reunión. Después de agradecérselo me comí las escaleras de dos en dos para llegar a la habitación principal del primer piso. Las paredes eran tendidas de tapicerías, el techo de una altura descomunal, y unos muebles testificaban de una época dorada desgraciadamente terminada en estos lugares de leyenda. Estaba muy seria cuando entro en la sala acompañada del jefe de proyecto. Se notaba tensión en el aire y no tardamos en empezar la reunión. Mientras los encargados del festival explicaban los perjuicios que suponían anular el evento, la observaba con atención y sus labios no terminaban de llamar mi atención. Me habían dicho que la encargada del área de cultura iba a estar presente y me había imaginado a una señora mayor con aire de Duquesa Italiana, y solo pude rendirme a la evidencia del poco acierto de mis suposiciones. Pase buena parte del encuentro preguntándome si tenía algo mas operado que la boca. Se llamaba Paola y cuando la salude al final del desastroso debate, me invito a la cena que iban a tener con unos concejales por la tarde en una pizzería frente a la Fenice. Me quedaba en el hotel Ala, “mi” hotel en Venecia, pequeño pero confortable y con buen servicio. Habitación de lujo con jacuzzi, cama de matrimonio, y mini bar bien fornido. Después de descansar del viaje y de esta primera cita me vestí y fui a dar un paseo por la plaza San Marco ya desierta de palomas antes de ir al Fenice. La temperatura se había suavizado y aunque alguna gotitas habían caído, no se veían nubes anunciadoras de tormenta virulenta. Tuve que esforzarme para no gritar “Policía” cuando vi a todos los inmigrantes desplegar sus mantas e instalar su mercancía al igual que en cualquier ciudad turística. Sé que no tiene mucha gracia pero es una trastada que haré algún día. De repente me quede inmóvil fijando un punto en medio de la plaza. Todo de blanco vestida parecía gitana. Una falda larga amplia, un top blanco dejando sus hombros descubiertos y una larga melena. Me hice el despistado hasta llegar a su altura y pasando a escasos centímetros de ella la oí hablar con el móvil en español. Súbito presto me transformé en turista perdido y cuando colgó entable conversación con ella. Su familia tenía residencia en la ciudad de los canales y después de explicarle los motivos de mi presencia allí, me invito a una fiesta que daba la noche siguiente. Parecía muy sencilla, sensible e inteligente y nuestra conversación se estaba animando cuando me di cuenta que llegaba tarde a mi compromiso. Pasé de mi gitana a la increíble Paola, de edad incierta para mi, y sin otro atractivo que la adivinanza de sus operaciones aunque cualquiera que se la cruce se quedaba mirándola. La cena fue muy aburrida y ya estaba esperando la fiesta del día siguiente. Pensaba en Merche, mi morena de blanco vestida. Habiendo decidido el dia anterior la cancelación del festival de Música en la arena de Verona, mi presencia ya no tenía fin y decidí pasarme el resto del día pateándome los barrios menos frecuentados de la ciudad antigua. En seguida se hizo la hora de ducharme e ir hasta la casa de Merche. El vaporetto me dejo a 100 metros de su puerta y al llegar me abrió un italiano que no paro de llamarme Pascuale hasta mi despedida bien tardía. Ella estaba impresionante de pie en el centro del salón, rodeada de convives. Una chaqueta azul encima de su piel desnuda, una mini falda a juego, medias negras y tacones. Si no fuera por lo corto de la falda y la desnudez que se adivinaba debajo de la blusa, parecería muy formal, pero así conjuntada daba muchísimo morbo. El nacimiento de sus pechos llamaba las miradas de cada uno y su sonrisa tímida la hacia vulnerable. Aprendí mucho de la historia del barrio donde tenía la casa esta noche, pero después de unas copas de champán aprendí más de la vida amorosa de mi anfitriona. No parecía su edad, y mientras me contaba que le gustaba el mar, el campo, la poesía, la estaba mirando fijamente imaginándola sin esta chaqueta entregándose a mí. Sus amigos decían de ella que era tonta por su afición a las novelas románticas y la convencí que nada más lejos de la realidad, que era una parte importante de mi vida, aunque en este preciso momento tenía instintos más bestiales que románticos. Cuando nos separábamos para atender a otros invitados, nos echábamos miradas rápidas como para asegurarnos de que el otro seguía aquí. Las miradas se volvieron cada vez más insistentes y llego el momento de tomar una decisión y arriesgar romper la magia del romanticismo. Me acerque a su grupito y le recordé que me había prometido acompañarme hasta mi hotel cuando me marchaba para que no me perdiese. Este farol no la desbanco, y con una maestría increíble se disculpo de sus amigos, aviso a su familia que se iba y me acompaño al hotel. Parecíamos dos colegas de trabajo paseando tranquilamente uno al lado del otro, charlando acerca de los presentes en la fiesta, hasta que la paré, y mirándola en los ojos le deje un ligero beso en los labios. Sin una palabra no dirigimos al hotel caminando mano en la mano, pasando del vaporetto. Nada mas entrar en la habitación te desabroche los dos botones de la chaqueta. Saltaron al aire dos preciosos pechos erectos que me dedique a besar con delicadeza. Me paraste y dijiste que necesitabas una ducha. La ducha se transformo en baño cuando viste los sales que tanto te gustaban en la repisa y me junte a ti dejando que las burbujas nos relajen durante casi una hora. No hace falta decir que estaba mas que caliente y te hacia gracia ver la punta de mi sexo asomarse al medio de la espuma. Cuando te levantaste para aclararte con la ducha, no pude resistir más y me pegue a tu espalda acariciando tus pechos con firmeza. Estabas tan hambrienta de sexo como yo y en seguida te aplaste contra los fríos azulejos de la pared y te penetré por detrás con rabia. Nuestros gemidos no tardaron en señalar la llegada del orgasmo común y liberé la presión que pegaba tu pecho a la pared. Este momento de pasión pasado, nos tomamos una última copa del famoso mini-bar y nos tumbamos para dormir como dos angelitos. Te levantaste pronto, te miraba mientras enfilabas tus medias sentada en la cama y me dijiste que me esperabas a las dos para almorzar en tu casa. Verte con tu mini-falda de vaquero, tus sandalias y tu top cuando me abriste la puerta tuvo un efecto inmediato en mí. Un deseo mezclado de ternura y enamoramiento me volvieron loco. Te seguí como un perrito sigue a su amo, no entendía lo que me decías, diciéndote que si a todo, hasta que me preguntes lo que me pasaba. Después de decirte lo guapa y sexy que me parecías así vestida, simplemente, natural, te reíste y me diste un beso que termino de desatar la necesidad de volver a poseerte en este mismo momento. Estabas sola en casa y te puse a cuatro patas en el sofá, separé tu tanga y te penetré por secunda vez en 12 horas sin mas preámbulos. Te cogí por los pelos de una mano, por la cadera de la otra, y te cabalgué hasta llegar a un nuevo clímax bestial. Después de descansar un momento en el sofá riéndonos de nuestros asaltos primitivos, nos comimos una ensalada con mucho queso italiano, y nos fuimos a mimarnos en tu cama. Entonces empecé a quererte, a acariciarte, a olerte, a beberte, a darte besitos de miel, lentamente, delicadamente, dejándote tomar la iniciativa de nuestro tercer encuentro. © Pascal Leurquin |