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Suresnes.... creo haberlo dicho ya pero nuestro apartamento de Paris esta en Suresnes. Un sexto piso, el ultimo. Desde la cocina, vista a la torre Eiffel, el corazón sagrado y el arco de triunfo. Entre Paris y Suresnes, el bosque de Bolonia. Desde el salón y mi habitación, situados al opuesto, vista al Mont Valerien... Pero lo que nos interesa ahora mismo es la vista desde el comedor... una construcción en “L”, y si bien se ve casi lo mismo que de la cocina, si te apuras un poquito tienes vista a las ventanas de los pisos de la otra ala del edificio. Muy viejo... el ascensor sigue siendo de estos de acero, a la vista. Ves desfilar los pisos cuando estas dentro. Ves las correas y los cables desde fuera. Una puerta de hierros cruzados en cada piso, y una puerta corrediza en la caja... el suelo de madera, y si te mueves bruscamente, se mueve todo el ascensor. Oyes con facilidad a los vecinos abrir y cerrar las puertas. Mucho calor hacia esta semana de junio... después de comer, me senté en la barandilla para fumar un cigarrillo disfrutando de la vista. Al principio oí un ruido extraño al que no preste atención. Pero rápidamente este sonido empezó a parecerse a unos gemidos humanos, y me aseguré un poco mejor en mi postura para poder agacharme y ver la ventana de abajo. Los estores estaban bajados pero abiertos, y se podía distinguir una mujer de unos 35-40 años acariciándose en la cama de su habitación. La cosa que tengo entre las piernas reacciono al segundo, y el calor se hizo agobiante. Un poco bronceada, pelo corto, así tumbada no podía hacerme una idea justa de sus pechos, aunque en general me pareció delgada pero con formas. Afeitada entre las piernas, aunque con una fina línea de pelitos dibujando un corazón en su bajo vientre. Y un tatuaje... tres caracteres japoneses, una palabra... “mujer” Los gemidos se hicieron mas presentes, y mi calentura mas fuerte. Empecé a masturbarme mirándola y creo que nos corrimos juntos. La perdí de vista en el momento que se reincorporaba. Solo veía desde sus pies hasta medio muslo. Durante un momento tuve la impresión de que me había visto mirarla y quizás soñé esta sonrisita que se dibujo en sus labios.... lo cierto es que si me vio, también se habrá dado cuenta de mi juego solitario. No hace falta decir que desde este día estuve muy pendiente de la ventana de la vecina. Localice la puerta de su apartamento, pregunte a una viejita de la misma planta quien era, y la misma noche sabía que era abogada, se iba a trabajar temprano y a veces volvía a la mediodía y otras tarde por la noche... y siempre sola. Natalie, así se llamaba. La noche siguiente estaba a punto de salir cuando el ruido de la puerta del ascensor llamo mi atención. Dándome media vuelta acudí a “mi” ventana pendiente de cualquier movimiento en tu habitación. Tu ventana estaba cerrada pero con los estores levantados y pude ver tus piernas al lado de la cama. Unos pies no muy grandes, muy bien cuidados, algo morenos y las uñas con barniz brillante. Las sandalias muy elegantes aunque practicas. Te imaginaba quitándote la camisa y el sujetador cuando ví llegar tu falda al suelo. Luego a mi gran pesar en vez de sentarte en la cama, te agachaste para quitarte los zapatos. Esta imagen de unas manos finas quitando las correas de tu calzado me puso muy nervioso. Un sin fin de ideas surgían en mi cabeza en mi busca de un pretexto para ir a llamar a tu puerta. El compromiso de la noche me llamo a la razón y bien a mi pesar me marche camino al centro de la capital. No note ningún movimiento en tu casa el día siguiente y fue solo al cuarto día, un sábado, cuando estaba terminando de desayunar, que oí tus gemidos. Asomándome te vi atravesada en la cama... te podía ver de los pies hasta la mitad de los pechos. Tumbada en el sentido del ancho de tu cama, tenias los pies en el suelo, las piernas abiertas, y paseabas despacio un consolador alrededor de tu entrada prohibida. Mi erección matinal volvió a la carga y esperaba el momento de la penetración para empezar a acariciarme. Tu jugo brillaba en la penumbra y abriste tus labios con una mano mientras dirigías el sexo de látex directamente a dentro de ti. Tu “si” medio gritado dio la salida a mi mano para empezar una masturbación frenética mientras veía el consolador entrar y salir de tu cueva. Bien poco aguante y un sonido bastante audible me salio en el momento de eyacular. Me di cuenta que tu mano se detuvo un par de segundos antes de volver y terminar su labor placentera. Iba a darme un paseo por los lagos de Longchamps cuando te cruce en el ascensor. Ibas a hacer deportes con una camiseta sin mangas rosa, un sujetador de estos cruzados para mantener bien el pecho mientras corres, unas zapatillas de jogging rosas y un pantalón corto blanco. No sabía a donde mirar... las piernas, los pechos, la cara.... Lo menos idiota que se me ocurrió decirte es “Hola, soy el chico del sexto”. A lo que me contestaste mirándome directamente a los ojos un “si, ya nos conocemos verdad!” Si no fuese por la misma sonrisita que ví el primer día en tu cara, creo que me hubiera dado la vuelta y callado hasta la puerta de salida del edificio. Pero esta mueca me dio pie a decirte, mirándote a los ojos, que me había gustado mucho esta manera de conocernos. Me hizo sonreír menos oírte decir que verme caer por la ventana mientras jugaba al voyeur te hubiera hecho mucha gracia. Pero enseguida me salvaste de la vergüenza proponiéndome tomar el aperitivo a las 7 en tu casa. Logré parecer tonto una vez mas cuando me despedí diciendo que lo bueno del pelo corto, a parte de sentarte muy bien, es que no hacia falta recogerlo para ir a correr... Te alejaste trotando en la acera y pude observar tranquilamente tus piernas en forma y tu culo tentador. De repente te diste la vuelta y riéndote me guiñaste un ojo. La naturaleza humana es así hecha que reaccionas como un imbecil mas de una vez. Resulta que en vez de ir a ver a un amigo, le llame con cualquier excusa y me fui a comprar unas zapatillas de jogging y un pantalón corto por si se presentaba la ocasión de acompañarte el día siguiente. O sea, el domingo, el lunes siendo cuando me iba a Bruselas para cumplir con unos compromisos de fotos ineluctables. Era las 6 cuando volviste a casa. Me preparaba a ducharme pero al oírte me asome a la ventana y te llame... apareciste con un vestidito rojo muy ligero y muy bonito. Resaltaba tus formas. Unas zapatillas sin tacones con las correas que sube a lo largo de los tobillos, y las gafas de sol en el pelo. Te pregunte si había protocolo en tu casa o si podía ir relax... me preguntaste como iba ahora mismo, y al contestarte que vaqueros, descalzo y la camiseta que me veías, me dijiste que así mismo.... a lo que te conteste que como ibas vestida me gustaba que me recibieras. Entonces me duche, y me prepare a presentarme a tu casa así mismo, sin zapatos, pero si con un ramo de flores exóticas que había comprado por la tarde no muy lejos de casa. Lo primero que me dijiste al abrir la puerta es que si siempre iba a casa de la gente descalzo... te conteste que solo obedecía ordenes directa de la quinta planta. Poco caso me habías hecho tu a mi e ibas con un pantalón corto vaquero, unas playeras de estas de moda blancas con taconcito, y un top azul claro bastante transparente. La tarde se desarrollo muy bien, muy distendida, pero si bien hubo mas de un roce de mano, me dijiste que tenias que salir a un cumpleaños a las diez y que era hora de vestirte. Me fui a mi gran pesar sin dejar de decirte que el lunes me iba de Paris. Entonces me diste un beso en los labios diciéndome que entonces nos teníamos que pasar la tarde del domingo juntos. Quedamos a las 4! No hace falta decir que nada mas levantarme me puse el pantalón corto y los tenis comprados el día anterior para coincidir en una extraña casualidad contigo mientras salias a correr. Tambièn fue obvio que el domingo por la mañana no tocaba footing cuando a las doce me decidí cambiarme, cansado de esperar oír el ruido del ascensor en la quinta planta. Tipo de detalle que uno se abstiene de desvelar a la chica en cuestión... A las 4 en punto me presente frente a tu puerta. Nada mas abrir me cogiste de la mano, me llevaste a tu habitación, me dijiste que habías preparado una cena fría y que no teníamos que salir de la cama hasta el día siguiente. Me costaba imaginarte en la piel de una abogada fria y calculadora mientras te entregaba a mi con total despreocupación y naturalidad. El encuentro fue muy dulce, acompañado de tu juguete sexual al que hice mención cuando recordamos mis sesiones de mirón. Preso de nuestra pasión cenamos a las doce de la noche. Seguimos mezclando nuestros cuerpos hasta caer rendidos a las cuatro de la mañana. Y sin hacer ruido te levantaste, te vestiste y desayunaste. Antes de salir viniste a darme un beso, me dijiste de cerrar la puerta de un golpe seco, que quizás nos volveríamos a ver en mi próximo viaje, y te fuiste a trabajar. Y me cuesta ponerme en marcha... pienso en ti, y aprovecho esta mañana de lunes para escribir nuestra historia antes de coger rumbo a mi siguiente destino... © Pascal Leurquin |
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